Luis Iparraguirre

Luis IparraguirreBeatriz. Mi soledad la odia ya que siempre fallece cuando suena mi celular y su nombre tirita en la pantalla. La quiero, es cierto. Me quiere, es obvio. Nada más. Sin embargo, ella y yo, no somos novios. La llevo a reuniones con algunos amigos. Ella me lleva a Karaokes con sus amigas de la oficina. Amigos, simplemente amigos. No nos amamos. No nos queremos lo suficiente para caminar de la mano. Nada de mezclas entre sexo y amor. Ella me debe 20 soles por una apuesta en el último clásico, yo le debo unos discos de Calamaro que me prestó en mi última crisis depresiva, y le debo, además, un condón, ya que el último lo compró ella.

Luis IparraguirreBeatriz. Mi soledad la odia ya que siempre fallece cuando suena mi celular y su nombre tirita en la pantalla. La quiero, es cierto. Me quiere, es obvio. Nada más. Sin embargo, ella y yo, no somos novios. La llevo a reuniones con algunos amigos. Ella me lleva a Karaokes con sus amigas de la oficina. Amigos, simplemente amigos. No nos amamos. No nos queremos lo suficiente para caminar de la mano. Nada de mezclas entre sexo y amor. Ella me debe 20 soles por una apuesta en el último clásico, yo le debo unos discos de Calamaro que me prestó en mi última crisis depresiva, y le debo, además, un condón, ya que el último lo compró ella.

En una de esas reuniones, Wilder, un amigo del diario, festejaba el piercing que Gigi, su novia, se había incrustado en la lengua. Ella no dejaba de mostrar el llamativo metal y todos, incluyendo Beatriz y yo, festejábamos su ‘nuevo look’. Al terminar la improvisada y divertida tertulia, Wilder me dice, mientras las chicas estaban en otro ambiente, que se iba a casa para inaugurar ese piercing, y yo, haciendo uso de una obscena ignorancia, le pregunto ¿cómo es eso? Y él, me dice molesto, a veces me sorprende lo huevas que eres, yo no soy ningún huevas, le respondo ofendido, qué mierda crees que puede hacerme ella con un piercing en la lengua. Y yo, confieso, no me esforcé mucho para imaginar lo que él, con muecas graciosísimas, pretendía hacer. Achiné mis ojos y empecé a temblar (que es el mismo tic estúpido que hago, cada vez que me excito).

He comprado una cajita de Tic Tac, añadió con una inmensa sonrisa. Y yo, cambio de actitud y le digo, los Tic Tac de naranja son muy ricos. Él, mirándome con mucha bronca, me dijo, solo los rosquetes como tú pueden comprar caramelos Tic Tac de naranja, compra los de menta, esos que te queman la boca, me alzó la voz molestísimo, como enseñándome, a la fuerza, sobre las costumbres de todo un buen macho, ¿Y qué tiene que ver los Tic Tac con el tema del piercing?, le pregunté extrañado. Wilder, al borde de la indignación, me dijo, no entiendo qué mierda ve en ti Beatriz, piensa, añadió, contando los dedos de su mano, una boca, una lengua con un piercing y un par de ardientes Tic Tac de menta… eso, mi querido niño, son 240 voltios de electricidad entre tus piernas. Y yo, achiné mis ojos y empecé a temblar, nuevamente.

Ya en el cuarto de ese viejo hostal, no podía dejar de lado ‘los experimentos’ que Wilder iba hacer con Gigi, así que desperté a Beatriz, y se lo conté. ¿Qué me insinúas? Me preguntó ¿quieres que me ponga un piercing en la lengua para chupártela? No supe qué responder, y es que en el tono que me lo dijo, supuse que se había molestado. En realidad, no me era para nada desagradable el tema, sin embargo, no podía decir nada en ese momento. Eres un pajero, me dijo al darme la espalda, y siguió durmiendo. Supuse, en ese momento, que el tema había terminado, pero Beatriz añadió, desde su posición fetal, que se pondría el piercing en la lengua, si fuéramos novios. Sonreí, pero luego llegó a mí, una idea que me sacudió por completo, recapacité en algo que hasta ese momento me parecía imposible. Me espanté al pensar que a ella, fácilmente, este tema de la relación sin amor, se le estaba escapando de las manos.

Después de un pequeño y sonoro silencio, se abalanzó sobre mí diciéndome, así que te gustan los Tic Tac de naranja, eres una niña engreída, me dijo juguetona. Y reímos mucho.

Es jugar con fuego, me dijo alguna vez una amiga sobre mi relación con Beatriz. Alguno de los dos perderá. Alguno sufrirá. Me dijo la pitonisa, y ahora, que estoy solo en casa, recapacito en el tema. Recuerdo las veces que Beatiz y yo peleamos y nos mandamos a la mierda. Recuerdo que de una u otra forma la extrañé. Recuerdo que ella me dijo que me había extrañado. Alguna vez le conté sobre una chica que había conocido y que al final, pues, no funcionó, y recuerdo su lánguida sonrisa, evidenciando una pequeña satisfacción por mi desafortunado paso sentimental.

Da miedo, ¿no? Pues sí. Veo el celular, y es ella. No sé si contestar. Igual contesto. Me habla sobre cualquier tontería y se despide. ¿Le estaré haciendo daño? ¿Me estaré haciendo daño? El amor o la ilusión o la costumbre (que a estas alturas de mi vida ya no sé en qué se diferencian) pueden ser muy sigilosas al acercarse, y te aprisionan poco a poco hasta que, sin darte cuenta, te sumergen en sus más profundas y melancólicas aguas. Tomando en cuenta ese concepto tétrico que tengo con referente a ese escurridizo y, a veces, pegajoso verbo llamado ‘amar’, pues supuse que Beatriz estaba enamorada, de alguna forma, de mí. Y me asusté.

Si fuera tu novia, me pondría un piercing, me dijo. ¿Soy un cobarde? Fácil sí, ya que me corro a una relación. Sin embargo, una relación seria, es lo que más anhelo, y ella, al parecer, también. El problema era (es) pensar en la discrepante (y dolorosa) disposición de ambos para caminar de la mano. Más claro, yo no quiero. No sé por qué, ya que, ahora que lo pienso, Beatriz es casi todo lo que busco en una mujer, inteligente, divertida y sincera. Pero no existe esa magia, esa sonrisa temerosa, esas testarudas mariposas en el estómago que a mis 31 años busco. Fácil es la forma cómo empezamos la relación, fácil es el ‘poco respeto’ que siempre nos deparamos (ella salía con quien quisiera y yo, pues también).

Puedo encontrarle miles de explicaciones, por el contrario, no sabía nada de ella. Todo es conjetura. Todo es ilusión. Tenía que hablarle. Tenía que preguntarle. Lo que menos quería (quiero) es ver sufrir a Beatriz. Así que me encontré con ella, y le pregunté cómo se hallaba su corazón. Le pregunté por mí. Le dije que tenía miedo a que esta ‘relación’ se escape de nuestras manos. Le dije, mientras ella permanecía muda, que fácil había que retomar esa amistad sincera, sin que el sexo se interponga. Traté de hablarle sin lastimarla, y no pude predecir lo que venía. Me preguntó sarcástica y con un rostro pícaro, ¿tú crees que yo estaría enamorada de ti. Y sonreí?

Luego de las bromas, añadió, que fácil el dubitativo era yo. Que quizá, el que se estaba enamorando, sin saberlo, era yo, solo yo y nadie más que yo. En un principio quise negarlo, pero luego me invadió la idea que podría ser cierto. Ella concluyó que lo mejor sería terminar esta relación amical, para comenzar una nueva. Más sincera. Menos sexual (cero). Y acepté.

Lo peor llegó, cuando se fue. Sentí, casi en el acto, un insufrible vacío. Como si me arrancaran las entrañas del estómago y no dejaran nada en su lugar. Y ya la extrañaba. Y así, como una ráfaga de fotos, llegaban a mí los diversos momentos que pasé con Beatriz. Esos momentos que llevarán el calificativo de inolvidables. Esos momentos en que las risas, las bromas y el sexo, eran los ingredientes de cada día que pasé con ella por tantos meses. Y se fue. Y me fui. Y así, todo terminó.

Eran las 10 de la noche, de aquel martes. Mi soledad y yo hacíamos el amor como casi todos los días. Y tirita, a lo lejos, el nombre de Beatriz en mi celular. Te parece si pasamos una última noche, me dijo. Una extraordinaria última noche, le contesté. Vamos, añadió, no seas melodramático, es solo sexo. Creo que lo necesito, le dije y colgué.

Y así, disfrutando los últimos minutos con mi soledad, pensé en entregarme como nunca lo hice con ella. Pensé en recibir cada beso como si fueran unos últimos vestigios de ese amor loco, amical y sincero que Beatriz y yo nos supimos regalar en todo este tiempo.

Suena el timbre de mi casa, y abro la puerta. Allí estaba, con falda (me encantan las faldas), zapatos de charol, los mismos que su madre le regaló y siguen tan negros como la primera vez que los vi en aquel restaurant; sonriendo, con las manos en la espalda. Te tengo una sorpresa, me dijo, por ser esta la última vez. Y yo, nervioso como un adolescente, no sabía qué me esperaba el destino en los siguientes segundos. Abrió la boca, y había un arete de presión en su lengua. Luego, sacó una caja enterita y llena de caramelos de menta, Tic Tac. Y yo, mientras achinaba mis ojos y temblaba, no podía dejar de reír.

 

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