“Los niños y las niñas experimentan la pobreza con sus manos, mentes y corazones” (1).  Cuando la Unicef señala que esa miseria la viven los pequeños con sus manos, se refiere al trabajo infantil. En el Perú es cotidiano ver a niños vendiendo caramelos, la mayoría de cuatro años de edad.

“Los niños y las niñas experimentan la pobreza con sus manos, mentes y corazones” (1).  Cuando la Unicef señala que esa miseria la viven los pequeños con sus manos, se refiere al trabajo infantil. En el Perú es cotidiano ver a niños vendiendo caramelos, la mayoría de cuatro años de edad.

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Algunos aún no modulan bien las palabras, pero ya saben extender bien las manos para pedir una limosna o vender algún dulce. ¿Se trata de una generación perdida? Quisiera decir que no, pero si hasta los tres años, como cita Caritas, un menor no está bien nutrido, su futuro no se ve prometedor. Limitantes físicas e intelectuales serán problemas inherentes a él.

Son muchas las historias de pobreza que se tejen en los niños peruanos. En este caso no voy a comentar un caso de la vida real, sino una del mundo literario. Escribiré sobre el pequeño Zezé, personaje central de la novela: Mi Planta de Naranja Lima de José Mauro de Vasconcelos.

No recuerdo cuántas veces leí esa obra. Pero la historia de Zezé me conmovió mucho. Ese niño de unos seis años de edad sufría por la pobreza que se respiraba en su familia.

Pero no era su único sufrimiento. La rabia de sus padres por estar inmersos en la miseria la pagaba en ocasiones él al recibir muchas palizas. Era travieso sí, como todo niño. Una vez asistió a un cinema y tuvo  ganas de ir al baño, pero no quería moverse porque la película estaba entretenida.

Así que en medio de esa disyuntiva vio que sus amiguitos orinaban uno tras otros en un rincón. El hizo lo mismo y de pronto se formó un río. Cuando el administrador se dio cuenta del hecho, el cuerpo de Zezé tuvo que soportar varios golpes de sus padres.

Las cicatrices marcaron su cuerpo, tanto que su amigo Manuel Valadares, un señor con dinero, quien fue su benefactor, se estremeció al verlas y sintió tanta rabia que soltó algunas lágrimas. La impotencia se dibujó en su rostro que parecía quemado por el sol.

Cuando Zezé se hizo amigo de él se sintió un niño feliz. Lo llevaban a pasear y a jugar. Le daban cariño. Disfrutó su infancia. Estaba contento, tanto que mejoró notablemente sus calificaciones en el colegio. Pero la desgracia le quitó a quien le dio esos momentos de alegría. El carro de Valadares fue impactado por un tren que lo destrozó. El Portuga, como lo llamaba Zezé, murió.

El pequeño casi expira de la tristeza, pero sus padres y hermanos rezaron tanto por él y le dieron tantas muestras de amor que sobrevivió.

Tal vez muchos de nosotros estemos muy ocupados en nuestros quehaceres o codeándonos por mejorar nuestra situación económica, pero sí queremos apostar por una generación de niños felices, al menos con los que están cercanos a nosotros, entreguemos amor y paciencia.

Regalemos a los pequeños una infancia feliz. Que cuando sean adultos recuerden con un brillo especial en los ojos un paseo montado en una bicicleta o cuando tomaron un helado acompañados de sus padres.

Y para aquellos niños que viven sumidos en la pobreza, nos queda colaborar con aquellas organizaciones e instituciones que trabajan por socorrerlos del trabajo infantil o de la violencia familiar. Extendamos una mano de ayuda por una sonrisa. Cada uno sabrá cómo hacerlo de manera correcta. No esperemos a que llegue la Navidad para recién aflorar el sentido humanitario.

1  2005. La infancia amenazada. Unicef.

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Administrador de contenidos de Grupo Periodismo en Línea

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