El calendario avanza y el Estado peruano inicia el 2026 sin uno de sus elementos administrativos más característicos: el nombre oficial del año 2026.
Aunque para muchos ciudadanos se trata de un detalle protocolar, dentro del aparato público esta denominación tiene un peso normativo y simbólico que trasciende lo meramente formal.
A diferencia de otros países donde los años se asocian a tradiciones culturales o calendarios simbólicos, en el Perú el nombre anual es una obligación administrativa que orienta la comunicación institucional del Estado.
Sin embargo, hasta ahora, el Poder Ejecutivo no ha emitido el decreto supremo que oficialice la denominación correspondiente al 2026.
Tabla de contenidos
- Una práctica obligatoria que sigue en suspenso
- ¿Por qué el nombre del año 2026 aún no se ha publicado?
- ¿Cuál es el valor político detrás del nombre del año?
- Cuándo se define oficialmente la denominación anual
- El origen histórico de esta tradición administrativa
- El papel del Diario Oficial El Peruano
- Denominaciones oficiales de los años (2010–2025)
- Comparación internacional: una práctica no universal
- Situación actual y expectativa institucional
- ¿Qué pasaría si no se asigna un nombre al año 2026?
Una práctica obligatoria que sigue en suspenso
El nombre del año no es una expresión libre ni una consigna política informal. Su uso es obligatorio para todas las entidades del sector público y debe figurar en documentos oficiales, resoluciones, oficios, memorandos y comunicaciones institucionales.
Esta obligatoriedad solo entra en vigencia cuando la denominación es aprobada mediante Decreto Supremo y publicada en el Diario Oficial El Peruano.
Mientras ello no ocurra, las instituciones públicas se ven obligadas a mantener el membrete del año anterior, una situación que actualmente se repite en los primeros días del 2026.
¿Por qué el nombre del año 2026 aún no se ha publicado?
Tradicionalmente, la denominación anual se aprueba en las últimas semanas de diciembre. No obstante, en esta ocasión, el proceso se ha extendido más allá de lo habitual.
Aunque no existe una explicación oficial, este tipo de retrasos suele estar vinculado a factores políticos y administrativos.
Cambios en el gabinete ministerial, evaluaciones internas sobre el mensaje que se busca transmitir o la necesidad de consensuar prioridades gubernamentales pueden influir en la demora.
Si bien no es una situación frecuente, tampoco es inédita dentro de la historia reciente del país.
A pocos días del inicio del 2026, el Gobierno todavía no ha emitido el decreto supremo que oficializa el nombre del año, una denominación simbólica que se utiliza en todos los documentos oficiales del Estado y que suele anunciarse en las últimas semanas de diciembre.
De acuerdo con la práctica administrativa, el nombre del año debe aprobarse mediante decreto supremo y, aunque no existe una fecha límite rígida en el calendario, lo habitual es que se publique antes del 31 de diciembre o, como máximo, en los primeros días de enero.
Mientras esto no ocurra, las entidades públicas continúan operando sin una denominación oficial, a la espera de que el Ejecutivo defina el lema que acompañará toda la documentación oficial durante el 2026.

¿Cuál es el valor político detrás del nombre del año?
Más allá de su uso administrativo en documentos oficiales y trámites del Estado, el nombre del año tiene un claro trasfondo político y comunicacional.
Esta denominación funciona como una señal de lo que el Gobierno busca enfatizar y posicionar en la agenda pública durante los siguientes doce meses, ya sea el impulso al crecimiento económico, el llamado a la unidad nacional, el fortalecimiento de las instituciones, la lucha contra la corrupción o la conmemoración de hitos históricos considerados estratégicos.
En la práctica, el nombre del año actúa como un gran eslogan institucional: resume en pocas palabras una intención política, una prioridad de gestión o un mensaje que se quiere repetir —con más fe que Wi-Fi en provincia— en discursos, comunicados, campañas públicas y piezas de comunicación del Estado.
No es una simple frase decorativa: orienta el tono de la narrativa oficial y sirve de marco simbólico para presentar políticas, programas y decisiones a lo largo del año.
Por ello, la elección de este lema no es neutra ni casual. Cada denominación refleja el contexto político, social y económico del país, así como las urgencias o apuestas del gobierno de turno.
En algunos casos, busca transmitir optimismo; en otros, marcar una postura frente a una crisis o reforzar una idea de rumbo y estabilidad. En resumen, el nombre del año es una pequeña frase con una carga política bastante grande… aunque muchas veces termine pasando desapercibida entre sellos, oficios y memorandos.
Cuándo se define oficialmente la denominación anual
En condiciones normales, el nombre del año se aprueba antes de finalizar el año previo o, como máximo, durante los primeros días de enero.
Una vez firmado por el presidente de la República y refrendado por la Presidencia del Consejo de Ministros, el decreto se publica en El Peruano.
A partir de ese momento, su uso se vuelve obligatorio para todas las entidades del Poder Ejecutivo y, por extensión, para los demás organismos del Estado.
El sector privado, aunque no está obligado, suele adoptar voluntariamente la denominación en señal de alineamiento institucional.
El origen histórico de esta tradición administrativa
La práctica de asignar un nombre oficial a cada año se instauró en 1963, durante el gobierno de Fernando Belaúnde Terry.
La primera denominación fue “Año de la Alfabetización en todo el territorio patrio”, aprobada mediante un decreto emitido a finales de 1962.
Desde entonces, esta costumbre se ha mantenido casi sin interrupciones y se ha consolidado como parte del protocolo administrativo del Estado peruano.
Con el tiempo, el nombre del año dejó de ser solo una consigna y pasó a convertirse en un elemento normativo de uso obligatorio.
El papel del Diario Oficial El Peruano
El Diario Oficial El Peruano cumple un rol central en este proceso. Solo con la publicación del Decreto Supremo correspondiente la denominación anual adquiere validez legal y administrativa.
Aunque el nombre del año no crea derechos ni obligaciones para los ciudadanos, sí garantiza uniformidad en la documentación estatal y refuerza la identidad institucional del Gobierno. Por ello, su publicación marca oficialmente el inicio del periodo administrativo anual.
Denominaciones oficiales de los años (2010–2025)
En los últimos quince años, el Perú ha adoptado las siguientes denominaciones:
- 2010: Año de la consolidación económica y social del Perú
- 2011: Año del Centenario de Machu Picchu para el Mundo
- 2012: Año de la Integración Nacional y el Reconocimiento de Nuestra Diversidad
- 2013: Año de la Inversión para el Desarrollo Rural y la Seguridad Alimentaria
- 2014: Año de la Promoción de la Industria Responsable y del Compromiso Climático
- 2015: Año de la Diversificación Productiva y del Fortalecimiento de la Educación
- 2016: Año de la Consolidación del Mar de Grau
- 2017: Año del Buen Servicio al Ciudadano
- 2018: Año del Diálogo y la Reconciliación Nacional
- 2019: Año de la Lucha contra la Corrupción y la Impunidad
- 2020: Año de la Universalización de la Salud
- 2021: Año del Bicentenario del Perú: 200 años de Independencia
- 2022: Año del Fortalecimiento de la Soberanía Nacional
- 2023: Año de la Unidad, la Paz y el Desarrollo
- 2024: Año del Bicentenario, de la Consolidación de Nuestra Independencia y de la Conmemoración de las Heroicas Batallas de Junín y Ayacucho
- 2025: Año de la Recuperación y Consolidación de la Economía Peruana
Comparación internacional: una práctica no universal
A diferencia del Perú, no todos los países asignan un nombre oficial a cada año. En China, por ejemplo, el calendario lunar vincula cada periodo a un animal del zodiaco, una tradición cultural que influye incluso en decisiones sociales y económicas.
En regiones como Estados Unidos o la Unión Europea, se suelen declarar “años temáticos” para promover políticas específicas, como la educación financiera o la juventud. Sin embargo, estos nombramientos no tienen carácter obligatorio ni normativo.
Situación actual y expectativa institucional
Con el decreto aún pendiente, el inicio del 2026 se desarrolla sin una denominación oficial vigente. Esta ausencia genera expectativa dentro del sector público, ya que el nombre del año marca el tono institucional y comunicacional del Estado.
Se espera que en las próximas semanas el Poder Ejecutivo publique la norma correspondiente y defina finalmente el lema que acompañará al calendario 2026 en toda la administración pública.
¿Qué pasaría si no se asigna un nombre al año 2026?
En un escenario excepcional, la ausencia prolongada de un nombre oficial del año podría generar inconsistencias en la documentación administrativa del Estado.
Las entidades públicas dependen de esta denominación para uniformizar oficios, resoluciones y comunicaciones formales, por lo que una demora extendida obliga a mantener membretes desactualizados o a omitir un elemento tradicional del protocolo institucional.
Además, un año sin denominación oficial debilitaría el componente simbólico que históricamente ha acompañado la gestión pública en el Perú.
El nombre anual no solo ordena la comunicación administrativa, sino que también actúa como un mensaje político que sintetiza prioridades gubernamentales.
Su inexistencia prolongada podría interpretarse como una falta de definición estratégica o de consenso dentro del Ejecutivo, algo poco habitual dentro del marco normativo peruano.
